(Columna original en Innovacion.cl)

El reciente enfrentamiento entre taxistas y el ministro de Transportes con Uber ha dejado más de alguna falencia al descubierto. Por un lado, la efervescente reacción de los usuarios en favor de la firma de Silicon Valley claramente evidencia un gran rechazo a volver al sistema tradicional, dominado por los vehículos de techo amarillo. Esto dada su mala calidad de servicio, precios poco competitivos, y un entorno de negocios poco transparente.

Por otro, un mercado tan poco dinámico como el de los taxis en Chile se ha visto realmente en GRAN desventaja frente a las nuevas tecnologías, entre otras cosas gracias a la inversión que estos han hecho en una licencia que opera de acuerdo a ciertas reglas de juego,  y que soluciones como Uber pone en cuestión.

En este sentido, la acusación de competencia desleal que se ha planteado no es más ni menos que un problema generado por un sistema regulatorio que no ha sabido evolucionar en base a los cambios del mercado y los agentes que operan en el. Es así que se han ido generando vacíos legales apoyados por normas obsoletas que, precisamente, dan paso a problemas como este ¿O acaso pretenden que no usemos el gran acceso a la información y a las nuevas plataformas que tenemos hoy en día para crear soluciones que mejoren la vida de la gente, sólo porque no está normado?

La necesidad urgente de generar una regulación flexible parece inminente, pero no sólo para Uber, sino que también para las futuras innovaciones y disrupciones que innegablemente entraran en nuestro país. Más aún considerando que actores comoUber, Spotify, Alibaba y Airbnb, entre muchos otros que han ido apareciendo, tienen la capacidad de cambiar una industria de la noche a la mañana. Así de rápido y simple.

Y no, no se trata de tomar una actitud derrotista basada en el concepto de destrucción creativa, mediante el cual la innovación implica la destrucción de los modelos existentes; sino una postura optimista en donde se busca una evolución creativa.

Para lograrlo, el regulador debe ser garante de que efectivamente se genere una transición, pero sin dejar totalmente el destino de la evolución de cara al libre mercado, pues esto generaría ineficiencias que en el largo plazo perjudican al mercado y al consumidor. ¿O qué pasaría si de pronto Uber terminara haciendo desaparecer a los taxistas y se convirtiese en un monopolio como ya ha ocurrido en otros mercados? ¿Mantendría su calidad y sus precios? ¿O si al no tener obligaciones ni horarios los choferes optaran por sólo salir en las horas punta, cuándo las tarifas dinámicas de Uber apuntan al alza? Se trata de algo que la gente también debería plantearse de manera más profunda que la mirada utilitaria del corto plazo que hemos visto en los últimos días. De seguro, ya no parecería tan conveniente ni entretenido el sólo tener “ubers”.

De este modo, el regulador debe ser lo suficientemente audaz como para evitar quenuevas plataformas lleguen a desplazar totalmente a la competencia y se vuelvan un monopolio, pues esto también constituye una gran amenaza que de seguro aún no visualizan muchos de los usuarios.

La clave aquí es buscar la creación de valor sostenible en el tiempo y la convivencia de los distintos actores, por lo que el ingenio de la autoridad para establecer un marco que permita cumplir con las normas sin afectar la competencia, ni crear nuevas barreras de entrada, será crucial. Esto en vista de que la creación de mayor valor para la sociedaden su conjunto dependerá no sólo de la entrada de estas innovaciones, sino que también de la evolución de los sistemas ya existentes.

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